UN PUEBLO SOMETIDO A 18 AÑOS DE “ESCRACHE”

 

¿Escrache? La cultura de la muerte, de los peores hostigamientos a millones de venezolanos en 18 años de régimen chavista. Un sistema que parece sólo preocuparle, en medio de la desintegración nacional, a algunos integrantes de su camarilla reciban un bullying internacional, por cierto, en destinos tradicionalmente satanizados por “la revolución”, a saber, templos del imperialismo y el capitalismo. La clase gobernante cosecha las consecuencias de su monstruosidad histórica

“No podemos exigir un comportamiento pacífico y legal de los ciudadanos si el Estado toma decisiones que no están de acuerdo con la ley”. Estas palabras no son de Luis Almagro, Julio Borges, Henrique Capriles, Henry Ramos Allup o Freddy Guevara. Corresponden a la Fiscal General de la República, Luisa Ortega Díaz, en entrevista concedida a The Wall Street Journal el pasado 3 de mayo.

En principió pareció una forma de emular a uno de sus predecesores, Ramón Escovar Salom, quien a comienzos de la década de los año 90 del siglo pasado lanzó aquella lapidaria y emblemática sentencia: “En Venezuela no hay Estado de Derecho”. Ambos comentarios, viniendo de las máximas autoridades del Ministerio Público, con 25 años de diferencia, son para al menos salir corriendo a Maiquetía. Es admitir el quiebre de total de una nación, más allá de la desintegración de sus instituciones, que es mucho decir.

Pero deteniéndonos en Ortega Díaz, sus señalamientos tienen una peculiar lectura en el momento actual. La funcionaria, cuyo distanciamiento de Maduro (que no se sabe si “salto de talanquera” absoluto) se filtró desde hace más de un año, resume lo que ha sido la tragedia venezolana en casi dos décadas. Hemos estado sometidos a un régimen que empuja a la gente a la rabia y la indignación con sus variopintas dosis de violencia: moral, psicológica, y claro está, física.

En los últimos días se ha desatado una polémica con episodios de una modalidad conocida como escrache “Es la manifestación popular de denuncia contra una persona pública a la que se acusa de haber cometido delitos graves o actos de corrupción y que, en general, se realiza frente a su domicilio o en algún otro lugar público al que deba concurrir la persona denunciada”, define el término el Diccionario de Americanismos de las Academias de la Lengua.

Se ha producido un gran debate sobre la pertinencia o no de estas acciones, ante el temor que se dañe la imagen de la resistencia cívica opositora contra el régimen que preside Nicolás Maduro. Preocupa ser catalogados igual o peores que la clase gobernante con conductas de corte fascistas.

Ahora bien, irónicamente fue la llamada izquierda latinoamericana, a la cual presuntamente pertenece el cogollo en el poder en Venezuela, la que puso de moda es escrache en los años 90 en Argentina para señalar a los jerarcas del régimen militar del país sureño. Un bullying ciudadano contra quienes consideraban corruptos, saqueadores y violadores de los Derechos Humanos.

En la crisis desatada en Venezuela desde comienzos de abril por las manifestaciones ciudadanas, que al terminar de escribir estas líneas sumaban 43 muertos, se han caldeado los ánimos de tal manera que la efervescencia trascendió las fronteras nacionales. El exilio criollo decidió en algunos destinos cargar contra ciertos funcionarios o beneficiarios del botín chavista. La cosa no ha pasado de un par de insultos y el escarnio público, aunque Miraflores invente que el embajador rojo en España fue “secuestrado”.

Siempre ha sonado ridículo que personajes con tanto dinero, poder y seguridad armada se hagan las víctimas ante el malestar de las grandes mayorías. Y aquí retomamos las palabras iniciales de Ortega Díaz, y más allá de éso, el más elemental sentido común. ¿Cómo reclama amor y besos un sistema de gobierno que lleva 18 años promoviendo el odio, el resentimiento y la división del país? En pocas palabras, que ejerce el poder con violencia.

¿Escrache? Ese acoso, ese hostigamiento es lo que han sufrido decenas de millones de venezolanos en este tiempo con el sectarismo y el apartheid de quienes no toleran la disidencia sino que su único norte es imponer una hegemonía absoluta por cualquier medio y a cualquier costo.

Escrache, con el empobrecimiento de nuestra gente, que carcome incluso a profesionales y técnicos que, con sueldos nominales más altos que la gran mayoría de los funcionarios del alto Gobierno, no pueden darse el boato que exhibe de forma obscena el procerato “revolucionario”.

De estas y otras agresiones se olvida el régimen cuando clama respeto y tolerancia por los que, vociferando “ser rico es malo” y abogando por la reivindicación de la “lucha de clases” y la redención de los más pobres, tienen propiedades en los destinos más ostentosos del planeta, catedrales del imperialismo y el capitalismo. Porque eso sí, ninguno escoge Cuba, Corea del Norte, Albania, ni el “comunismo light” de China o Vietnam; ninguno puede demostrar ese inusitado “american dream bolivariano” con un quince y último de burócrata promedio.

El régimen no condena el escrache por un presunto repudio a prácticas neonazis. El asunto es que deja en evidencia tamaña hipocresía histórica, una farsa, una demagogia con la que se ha engañado a un país que no merecía ésto.

Y por último, y para mayor incoherencia ¿quién ha estado publicando desde hace años por sus medios de comunicación y plataformas en las redes sociales las fotos, nombres y hasta direcciones y teléfonos de quienes considera sus enemigos políticos? El escrache es una “política de Estado” de vieja data. En horas de la noche del martes 16 de mayo el presidente Nicolás Maduro dijo, desde el palacio de gobierno, que el bullying allende los mares es contra gente de cierta fisionomía que “parecen chavistas”. Nada más falso. Lamentablemente se está cosechando lo que se sembró, y el señalamiento público es contra quienes profesan el caradurismo del saqueo como funcionarios de un presunto proceso de revolución socialista.. y la complicidad contra abusos, represión y crímenes diversos. El oficialismo recoge las consecuencia de su Frankenstein, su monstruosidad histórica.

Luego de destruir y quebrar una país, dejarlo a merced del hampa y cuanto grupo violento ha nacido a la sombra complaciente de las autoridades, la clase dominante solo se preocupa por un par de insultos a sus congéneres en otras latitudes. Poco valen familias separadas, enlutadas, expatriados, miseria repartida, el hambre endémica, humillaciones por algún servicio o algo de comida y venezolanos apuntados por el dedo opresor que perdieron su sustento sólo por pensar distinto ¿O es que las listas Tascón y Maisanta no son fascismo del bueno?

Cuando se hacen estos balances se cae en cuenta que la reconstrucción de Venezuela es mucho más que salir de un Gobierno. Tarea difícil, que durará años, pero la República tiene la fuerza moral, espiritual y física para ello. La mayoría abrumadora ya lo ha decidido. Estamos en cuenta regresiva.

Author: Juan Ernesto Páez-Pumar O.

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